La democracia (gobierno de la mayoría) y el liberalismo (derechos de las minorías) nacieron separadas y se unieron en el siglo XX, pero hoy están en riesgo.
El riesgo surge porque los liberales se "oligarquizaron" con mucha protección pero poca mayoría, llevando a las mayorías a votar líderes populistas que eliminan restricciones y derechos de minorías.
Existe una tensión entre resultados y frenos y contrapesos: los votantes están dispuestos a sacrificar república, instituciones, para obtener resultados cuando algo no funciona.
En América Latina, los problemas principales que impulsan esta tensión son la inseguridad y la economía. El Salvador es un ejemplo, pasando de ser el país más inseguro a ser el más seguro del continente.
El Salvador pasó de ser el país más inseguro al más seguro del continente
La democracia liberal era la solución virtuosa, combinando la capacidad de cambio a través del voto con la capacidad de cuidar a través de las instituciones. Pero vivimos en tiempos acelerados por la tecnología, que también acelera las expectativas; las generaciones jóvenes determinan estos cambios electorales. La volatilidad no existe para ellos, y el estancamiento es inaceptable.
Cuando un país está en crisis, se buscan soluciones rápidas; y los institucionalistas carecieron de eficiencia para resolver estos problemas.
El problema de los líderes disruptivos no es que fracasen, sino el costo de su éxito.
En el caso de El Salvador, la elección de un líder disruptivo llevó al éxito, a lo que siguió cierto vaciamiento de las instituciones y a que la gente refrende esto en elecciones, ilustrando la tensión entre república y democracia.
En Argentina, los frenos al poder no suelen ser institucionales, sino sociales.
A diferencia de Argentina, en El Salvador no existían estas restricciones sociales, en parte por el sufrimiento que habían vivido, lo que los hizo estar "dispuestos a todo".
Lo interesante de El Salvador, siendo una autocracia continental, es que la gente vuelve en vez de irse, a diferencia de Venezuela, Cuba o Nicaragua, porque el sistema da soluciones.
Trump y Bolsonaro perdieron su reelección, desconocieron la derrota y movilizaron a la multitud para tomar el centro de poder, pero las instituciones resistieron. El acelerador fue muy fuerte, pero el freno lo fue más.
Las instituciones resistieron al desconocimiento de la derrota de Trump y Bolsonaro
En Argentina, estas elecciones intermedias nos van a dar un termómetro. Se dice que el resultado sería de un 30-40% para el Gobierno. Si saca 30%, probablemente gane igual porque hay fragmentación. Pero es poco. Si gana con el 40%, tiene la chance de seguir acelerando: mantener las expectativas de la reelección y forzar acuerdos mayoritarios en el Congreso.
A pesar de ser las instituciones democráticas por excelencia, el Congreso y los partidos son generalmente las menos populares en las encuestas globales.
No es la hora de los políticamente correctos.
Bolivia enfrenta una crisis económica galopante con elementos como tipo de cambio fijo, escasez de divisas e inflación creciente. Hay dos candidatos de centro-derecha con 20% cada uno en las encuestas, y una cantidad más de candidatos que están en un dígito en las encuestas. Evo Morales llama a la abstención.
El próximo presidente boliviano, independientemente de quien sea, tendrá que implementar un ajuste económico con una minoría en el Congreso.
La experiencia internacional indica que hoy son posibles los ajustes populares, algo que no concebíamos en el siglo XX.
Hoy son posibles los ajustes populares
Algunos dicen que el éxito del gobierno argentino dependerá no solo de la estabilización macroeconómica, sino de la llegada de inversiones.
La inversión en Argentina, aunque en el primer trimestre de 2025 se ubica en un 20,2% del PBI (tercio superior desde 2004), su promedio histórico es bajo (19% del PBI en 20 años) en comparación con países como Chile (24-25%). Es una enorme diferencia. Necesitás bajar el riesgo país para generar más inversión extranjera.
Algunos de los que analizan la administración pública dicen que las reformas desregulatorias cierran agencias pero redistribuyen competencias y funcionarios.