La violencia escolar, otro signo de un clima social roto
En estos días ocurrieron hechos que alertan por un fenómeno en ascenso. La incidencia de las redes, el bullying, la salud mental y agresiones naturalizadas. "Desde el año pasado vemos incluso casos con armas blancas", advierten. El colegio como la última valla de contención.
Como si la realidad se esforzara por demostrar que supera cualquier ficción, en pleno furor por la serie británica Adolescencia se dio una seguidilla de casos en Argentina que alertó sobre la necesidad de prestarle (más) atención a la violencia escolar, el hostigamiento entre pares, la salud mental y la incidencia de las redes sociales en la etapa más cambiante y compleja de la vida. Desde la planificación por chat de un tiroteo escolar hasta una compañera apuñalada por otra y un nene ferozmente golpeado por no entregar golosinas. Todo esto, mientras el mundo habla de la serie en la que un chico de 13 años mata a una chica que lo humillaba.
“Estamos viendo en las escuelas un incremento de episodios de violencia. No es algo que no existiera antes, pero desde el año pasado estamos viendo incluso casos con armas blancas, algo que antes era muy aislado. Hace 20 años que transitamos escuelas secundarias, esto tiene que ver con una coyuntura bastante particular”, plantea Silvia Grinberg, doctora en Educación y directora del Laboratorio de Ciencias Humanas (Unsam/Conicet).
“Cuando las instituciones –no sólo las escuelas– empiezan a corroerse, a fragilizarse, los adolescentes van quedando muy a la deriva. Esto va in crescendo. Es un caso detrás del otro. La escuela es un termómetro fidedigno de lo que pasa. Cuando el clima social empieza a complicarse, a enrarecerse, a la escuela llega”, analiza.
Y acota que las redes sociales implican un modo de escalar: «lo que pasa fuera de la escuela y en la escuela tiene como una continuidad, escala en redes y vuelve a la escuela”.

Otras dimensiones
El caso de Escobar fue noticia por lo que no pasó: la alarma se encendió a tiempo en la comunidad y tanto estudiantes como familias y escuela alertaron sobre un grupo de WhatsApp en el que una alumna –que ya recibía acompañamiento por problemáticas de salud mental– planeaba una masacre junto a otros tres compañeros. Algo similar se conoció el viernes en Campana, donde un grupo de chicos organizó un tiroteo por WhatsApp.
Casi en paralelo con el tiroteo que no fue, otros hechos que sí fueron: en una escuela de General Rodríguez un nene de 12 años terminó con fractura de cráneo y en terapia intensiva por la agresión de tres jóvenes que asisten a su escuela. La madre contó que ya lo habían hostigado “por ser venezolano, morochito”.

En Laferrere ocurrió en una escuela privada –contra los prejuicios que sólo asocian el tema a las públicas–. Una adolescente de 14 años tajeó con una navaja a otra ante la sospecha de que se burlaba de ella.
Hubo casos recientes en distintos puntos del país. En Acheral, Tucumán, un chico de 14 apuñaló a otro en una pelea dentro del colegio. En una escuela de La Pampa, una chica de 15 sufrió una golpiza delante de su mamá tras denunciar que existía un chat donde planeaban atacarla. “Está en casa con parte médico, muy mal, además grabaron un video y se burlaron de cómo le pegaron”, denunció la madre. El mes pasado, un adolescente de 14 años fue detenido en Salta tras irrumpir con un machete en el secundario 5176 de Villa Esmeralda.
“¿Qué pasaría si la escuela no funcionara? La escuela está haciendo un efecto de valla.“
“Son las dos cosas: aumentó la cantidad de casos y aumentó la visibilidad y lo rápido que circulan, por las redes”, afirma Silvia Fernández, psicóloga y coordinadora de Adolescencia del Servicio de Salud Mental Pediátrico del Hospital Italiano. Ni el hostigamiento ni las agresiones son nuevas, pero “hoy toma otras dimensiones. A la validación de los pares, que siempre hizo falta en la adolescencia, se suma el anónimo de las redes, un gigante del que el chico siente que no puede sustraerse. A veces le importa más cuántos likes recibe que la validación de un amigo”. No hace falta ver Black Mirror para saber de qué habla.
Sostiene que en el último tiempo hay una adolescencia más silenciosa, chicos más solos, con más dificultad de sentarse a charlar con los padres: «también dificultades en las escuelas para detectarlo. Y papás inmersos en el mundo de hoy, en sus propios celulares, les cuesta acercarse o encontrar momentos de compartir. Notamos que los chicos cuentan poco y los papás decodifican poco”.
Pese al panorama, aclara que “las noticias dan cuenta de conductas muy extremas, pero no son para nada las formas más habituales de resolver conflictos entre adolescentes”. Son eso: extremos. Y amplificados.


